Cualquier sábado de estos nuestros “reporteros dicharacheros” se encaminarán hacia Arcos de la Frontera pertrechados con su indumentaria de cronistas del siglo XXI. No será necesario recordar a su admirado Alexander von Humbolt  y “su visión rigurosa y exaltada del mundo cuando viajan” porque, como dice su slogan, Arcos es “frontera entre la realidad y el sueño”. Llegar a Arcos, como lo hizo el gran pintor eibarrés Zuloaga en 1925, y encontrarse esta visión es saber que uno se encuentra ante un enclave singular en el que sin duda hallaremos las huellas de algún vasco que pasara por aquí. Pero no sólo se trata de seguir huellas, mejor es dejarlas, y para ello nos toca patear cuestas, gastar suelas, darle a la sin hueso y refrescar el gaznate; por último, descansar.

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El eibarrés no se confundió, sabía perfectamente donde estaba. Los que sí lo han hecho son los que lo han puesto en la red, sí que están confundidos ya que lo que recoge este paisaje no es la “Vista de un pueblo aragonés. Carboncillo y óleo, 132 x 92 cm. 1925. Museo Zuloaga, Zumaia. Está claro que no, que esta silueta, se mire por donde se mire, es inconfundible con una sola vez que se haya visto. Ignacio Zuloaga pasó por aquí y tuvo tiempo para dedicarse a una de sus pasiones: la pintura de paisajes españoles.

Nota: Respecto al anterior párrafo referente al error, ver los comentarios aclaratorios al final del post.

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La ciudad

Arcos de la Frontera, verdad e ilusión a partes iguales, es una ciudad que nos fascina a primera vista. Su enclave rocoso y bordeado por ese río del olvido sinuoso da esa singular silueta que ha dado cobijo a tribus, pueblos y civilizaciones que han dejado una huella indeleble, indestructible y muy viva. Nos resulta emocionante, paseando por sus calles, recordar su historia y admirar lo que el tiempo ha permitido conservar, ese entorno natural, monumental y artístico.  Mítica o legendaria es su fundación por el Rey Brigo, nieto de Noe, 400 años después del famoso diluvio; real es la fundación romana de Arx Arcis y reales son todos los vestigios arqueológicos que se conservan y lo atestiguan. La decadencia romana da paso a los visigodos y a la posterior pérdida de la ciudad por Don Rodrigo en la batalla del Guadalete, dando paso al período de la civilización musulmana cuando llega a convertirse en reino de Taifa. El rey Santo primero, y más tarde el rey Sabio reconquistan la ciudad y derrotan definitivamente a los musulmanes, pasando la villa a formar parte del reino de Castilla. Enrique IV le concede el título de ciudad y los Reyes Católicos designan a los Ponce de León Duques de Arcos.

El reflejo de este devenir de su historia está presente en todos sus monumentos y en su propio ser o esencia, que no seremos capaces de captar y saborear si no hemos empezado el día como corresponde: con el apetecible desayuno con molletes de Espera, buena manteca de zurrapa de lomo o de hígado, o un buen chorreón de aceite de oliva y su correspondiente café. Este frugal desayuno nos dará las fuerzas justas para desafiar a las erizadas cuestas que nos esperan hasta llegar a la plaza, donde podremos tomar resuello y quizás sea ya la hora de pasar del desayuno frugal al almuerzo contundente, probando alguno de sus platos y vinos típicos en el entorno popular y agitado que nos da cada uno de los bares, terrazas, restaurantes y mesones que por allí encontraremos. Este será el momento de mezclarnos con sus gentes.

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La plaza

Hasta ascender a la Plaza del Cabildo, y llegando por donde llegó Zuloaga, tenemos un buen trecho que nos dará la oportunidad de recorrer longitudinalmente gran parte de Arcos; esto nos permitirá dar un repaso a algunos de su lugares singulares que, no siendo tan monumentales como los que nos esperan más arriba, merecen un pequeño instante. Nos encontraremos en este camino con el Hotel La Fonda, antigua Fonda El Comercio, establecimiento hostelero en activo más antiguo de Andalucía (1834); un poco más adelante está la sala de exposiciones y antigua iglesia de San Miguel. Siguiendo por la calle Corredera, y sin casi notar las anunciadas cuestas, nos tropezaremos con su antiguo Pósito y un poquito más allá la Iglesia y Hospital de San Juan de Dios.

Ya hemos tomado el aperitivo de monumentos y cuestas. Ahora iniciamos el ascenso en la Cuesta de Belén. La primera parada la haremos en el coqueto CICA (Centro de Interpretación de la Ciudad de Arcos), que nos aportará y nos sorprenderá con una visión previa y rápida de parte de lo que nos vamos a encontrar. Continuando con nuestra ascensión y a escasos metros nos chocaremos con el Palacio del Conde de Águila (gótico mudéjar), en el que repararemos en su ventana ajimezada. Siguiendo nuestro camino, llegaremos a la Iglesia de Santa María (primeras construcciones del S. XIII – retablo S. XVII) con restos de antigua mezquita, bóveda grandiosa de puro estilo gótico, fachada principal plateresca, retablo renacentista y torre neoclásica; todo ello reunido en una única iglesia. Después de este empacho de arte, la plaza, el balcón y unas vistas de la vega con sus huertas. Una vez que hayamos relajado la vista mirando al infinito podremos reparar en el edificio del Ayuntamiento, coronado por el arcángel patrón San Miguel, y en el Castillo de los Duques de Arcos (alcázar militar del S. XI – planta actual del S. XIV).

La huella vasca

arcos-de-la-frontera-euskadizarcos-de-la-frontera-euskadizEn este Castillo-Palacio de los duques de Arcos sitúa Pío Baroja a su paisano Don Eugenio de Aviraneta allá por el mes de octubre de 1838. Don Eugenio es retratado por Don Pío en “Aviraneta o la vida de un conspirador”, en donde se narra “la larga y rebelde vida de este personaje que corre paralela a uno de lo momentos más accidentados e interesantes de la historia de España…. Luego he ido buscando más papeles y documentos, siempre con dificultades enormes, hasta rehacer casi por completo la vida de Aviraneta… no es un hombre culto, no había hecho estudios clásicos ni modernos. No tenía más que un talento natural, una inteligencia clara y amplia; suplía con la intuición los conocimientos que le faltaban. Y, a pesar de esta descripción, merece una novela en la que nos cuenta todas sus aventuras y en la que lo novelesco prevalece sobre lo histórico.

Nació Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen Echegaray y Alzate en una de las zonas más castizas de Madrid, en la calle del Estudio de la Villa, cerca de la plaza de la Cruz Verde, al lado de la calle Segovia y su puente, y no en Irún, tal y como detalla Baroja en su novela . En Arcos nos lo encontramos siendo delegado de Hacienda de la división de la Milicia nacional y departiendo durante una cena en el Palacio de los Duques de Arcos con el general Narváez y su Estado Mayor, y exponiendo “su idea de que el ejercito no podría acabar con la guerra civil y que sería necesaria una intervención, una negociación con los carlistas que trajera la tregua y luego la paz si no se quería destrozar España estúpidamente”.

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Continuamos con el paseo monumental

En los alrededores de esa misma plaza y castillo, en donde se encuentran, departen y despiden Aviraneta y Narváez, encontraremos gran parte de la vida social, comercial y cultural de Arcos de la Frontera. Allí podremos dar cumplida cuenta de su riqueza gastronómica en cualquiera de los múltiples bares, tabernas y restaurantes que nos encontraremos; y si fuese posible a la sombra de una sombrilla. Pero, quizás, antes de sentarnos y esperar con tranquilidad a ser servidos con cualquiera de las exquisiteces con las que nos pueden sorprender, deberíamos completar la visita monumental de los alrededores de la plaza. Para ello todavía nos queda por ver la fachada del convento de la Encarnación, en el callejón de la Monjas (fachada plateresca); el convento de las Monjas Mercedarías Descalzas, en el que destacamos cualquiera de sus dulces o pastelillos de monjas (no lo dudéis también entran en el catálogo de lo reseñable como artístico). Al lado del convento de monjas se encuentra lo que iba a ser casa de los Jesuitas, a medio levantar y reutilizado como plaza de abastos y terraza del Casino de la Unión. Continuando unos pocos metros, nos tropezaremos con la fachada gótica de la pequeña capilla de la Misericordia, recuperada como sala de conferencias o actos y, a escasos metros, el Palacio del Mayorazgo y la Iglesia de San Pedro, en la que también encontraremos una mezcla de estilos similar a la de su compañera y rival, la iglesia de Santa María. En el interior de San Pedro destaca el fascinante retablo plateresco restaurado hace pocos años.

Ya ahítos de arte sacro y de santidad podemos acercarnos a la trasera del Palacio del Mayorazgo, a sus antiguas cuadras. Allí, en la calle Maldonado, encontraremos una recogida y coqueta Pinacoteca Municipal con una colección interesante y llena de paisajes que, aunque no son los de Zuloaga, sí son muy dignos.

En los alrededores podremos pasear por calles muy singulares como la de Cuna, la plaza del Cananeo o la calle Cadenas y, si todavía nos acompañan las fuerzas, podremos llegar hasta el mirador de la calle Abades, pero un vez hecho esto ya sí que se hace necesario parar a reponer fuerzas en cualquiera de los variados lugares que hemos tenido la oportunidad de repasar en este monumental (nunca mejor dicho) paseo.

El inciso gastronómico.

En el interior de cualquiera de los bares, tabernas o restaurantes, o en una de sus terrazas, y bien resguardados del sol con sombrilla, cremas protectoras y gorra, cultivaremos el placer de disfrutar de las riquezas gastronómicas que nos pueden ofrecen y, aprovecharemos el momento para convivir con los amables paisanos locales. El gran caudal culinario de cualquier zona de nuestro país está íntimamente relacionado con su historia y su naturaleza y, cómo no, con los productos de temporada. En Arcos podemos deleitarnos con una buena alboronía, una ensalada de simples apios, un “abajao” o un ajo molinero; probar las chacinas de la sierra y los quesos de la zona o encapricharnos con sus dulces de las monjas. Y por supuesto, regar los manjares con los vinos blancos bien conocidos o los nuevos tintos que van ganando un merecido terreno. Ahora bien, de lo tradicional y clásico podemos pasar sin mucho vértigo a la nueva y elaborada buena cocina que encontraremos en algunos de sus locales.

 …Y seguimos paseando.

 Hecho todo esto, sólo nos queda reposar un buen rato y prepararnos para la segunda parte de la jornada que nos llevará de nuevo por las cuestas, pero esta vez hacia abajo. Buscaremos otras calles, otras iglesias, capillas y conventos, otros miradores, todos ellos singulares y monumentales para por fin llegar al barrio Bajo. Allí depararemos en el Convento de la Caridad o Asilo de la Caridad, difícil de visitar pero muy interesante y desconocido. En él encontraremos una construcción de estilo barroco con iglesia de planta octogonal y con evocación de construcción colonial.

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Nos queda más por hacer, mucho más, más por visitar y más por disfrutar, pero os lo propongo para una segunda jornada en la que podemos programar una ruta en bicicleta alrededor de la ciudad y hacia la sierra de Aznar (nada que ver con el político) para ver sus cisternas romanas y algunas de las bodegas locales; al llegar a las bodegas se recomienda abandonar la bicicleta.

Ea, pues aquí acabo, de momento, este recorrido por Arcos de la Frontera para los que os habéis animado a visitar la provincia de Cádiz o, para los que aún lo estáis pensando, para que os animéis a esta agotadora pero fascinante jornada de cuestas monumentales y con una alta densidad de singulares monumentos. En Arcos nunca os faltará una buena oferta gastronómica para conjugar ese viajar conservando siempre la visión rigurosa y a la vez exaltada”, o dicho de otra forma, lo real y lo soñado que en este enclave podemos encontrar y que fue pintado en mil y una ocasión, una de ellas por Ignacio Zuloaga que ni soñando estaba delante de un pueblo aragonés cuando pintó el carboncillo que encabeza esta entrada-visita a Arcos de la Frontera.

Fuentes consultadas:

Arcos de la Frontera, editorial Everest, S.A. Edición especial para el Ayuntamiento de Arcos de la Frontera. 2002

Ángel F. Veas Ruiz

Obra bajo Licencia Creative Commons.