A finales del siglo XX Bilbao era una ciudad gris y en claro declive, pero en pocos años ha sufrido una gran transformación hasta convertirse en una ciudad moderna y atractiva para el visitante. A finales del siglo XIX la Ría de Bilbao conoció una época de crecimiento económico ligada a la Revolución Industrial, la explotación de sus minas de hierro y posteriormente con el desarrollo de la siderurgia, las navieras y los bancos. En poco tiempo la modernidad inicial, la Belle Époque y un cierto romanticismo, dieron paso a un crecimiento desaforado y sin control. Hoy os mostramos algunas estampas del Bilbao que creció con la Modernidad y que siempre me han fascinado, edificios y espacios que conviven a la perfección con las nuevas apuestas urbanísticas.

 

Se cuenta que otro gipuzkoano como yo, el oriotarra y escultor Jorge Oteiza, definía Bilbao como “una ciudad bellísima en su fealdad”. Supongo que la aparente contradicción nos anuncia esa lucha constante que ha mantenido la ciudad en el último siglo por no perecer en manos del progreso descontrolado que la puso al borde del abismo.

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Una joya Belle Époque: la Estación de la Concordia

Me gusta el apellido: la estación de la Concordia, denominación que proviene de unos almacenes sitos en la zona, aunque es más conocida como la estación de Santander, perteneciente a la llamada “red de ancho métrico”; bella, armónica, elegante en su atalaya sobre el Nervión y presidiendo el casco antiguo de la ciudad. Su policromía y ornamentación han llamado siempre mi atención cuando, bordeando el teatro Arriaga, me dirigía con mi aitá a tomar un “bacalao a la vizcaína” en el bar Río Oja del Casco Antiguo; en muchas ocasiones, tras un largo viaje en otro de los maravillosos trenes de vía estrecha que partía de Donostia y finalizaba en otra bonita estación bilbaina, la de Atxuri.

Esta genuina edificación del Bilbao de la “Belle Époque” fue construida en 1902 y está ligada a la revolución industrial de finales del XIX y a la floreciente actividad económica de la ciudad; ha sido remodelada en varias ocasiones, y es una obra conjunta de Severino de Achúcarro y del ingeniero Gorbeña. Su espléndida fachada sobre la Ría y el Muelle de la Naja es un buen ejemplo de la influencia modernista sobre Achúcarro, una obra que acompañó con una elegante adecuación a los requerimientos funcionales de Gorbeña, más concretamente a la estructura de acero roblonado. Merecen especial atención la elaboradísima fachada y el gran rosetón central así como su galería abierta sobre el Arenal, desde donde tenéis unas bellas vistas del teatro Arriaga.

De esta estación parte, entre otros, el expreso de La Robla, un tren de época que recorre la antigua línea minera Bilbao-León.

 

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Un lugar para el recreo: Artxanda en funicular

Si Donostia-San Sebastián tiene su entrañable e histórico funicular del Monte Igueldo, inaugurado en 1912, Bilbao no se queda atrás al ofrecernos una joya similar inaugurada tres años después, en 1915: el funicular de Artxanda, el funi, “un pedazo de Suiza en la capital vizcaína”, que comunica la ciudad con la cima del monte del mismo nombre, la cual venía siendo utilizada desde finales del siglo XIX por muchos bilbaínos/as como lugar de esparcimiento y diversión.

El funicular fue construido por la empresa suiza L. von Roll, especializada en trenes alpinos, y ha conocido algunas incidencias en forma de bombardeo en la guerra civil, además de algún accidente aislado, pero sobrevive con orgullo a sus casi 100 años de existencia. En tan sólo 3 minutos nos eleva a 250 m de altura, durante 770 m de recorrido y una pendiente máxima de casi el 50%, tras lo cual seréis premiados con  una interesante panorámica de la ciudad que os hará entender el porqué de su denominación como el “botxo”. Para un mejor disfrute de la experiencia, el merendero Txakoli Simón os tendrá preparado un buen reconstituyente.

 

 

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El barco varado: Mercado de la Ribera

Uno de los primeros lugares que visito al llegar a una nueva ciudad siempre es el Mercado. ¡Qué sería de nuestras ciudades sin los Mercados Municipales! Antiguamente concebidos como Mercados de Abastos para asegurar el abastecimiento de la población, estos equipamientos comerciales reúnen los mejores atributos urbanos y sociales: ordenadores del urbanismo; lugares de encuentro y tertulia, centros de compras de productos frescos y de temporada; motores de la actividad económica de muchos centros urbanos.

El Mercado de la Ribera de Bilbao es todo un clásico de la ciudad. No ha habido un viaje que haya realizado desde la cercana Donostia en que no haya visitado este “barco varado” a orillas del Nervión, que impone su mole al conjunto del casco antiguo. Sus orígenes se remontan al siglo XIV cuando se creó una zona de mercado al aire libre junto a la iglesia de San Antón. El actual edificio fue abierto en 1929, según proyecto de Pedro Ispizua, y ha conocido gran parte de la historia del botxo del siglo XX, entre otros las graves inundaciones de la ciudad de 1983.

Su singular arquitectura con toques  modernistas; su variada ornamentación “art decó” a base de celosías y floretones;  su luminosidad y preciosas vidrieras; la policromía de sus fachadas, modificada con la restauración; sus variados y atractivos puestos de pescados, carnes y verduras;  el gran ambiente que se respira. Todo ello da forma a un espacio singular, santo y seña del Bilbao moderno. Recientemente ha sido remodelado y convertido en un atractivo equipamiento comercial con todo tipo de comodidades para vendedores y clientes: visita obligada.

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Un lugar para el sosiego: los Jardines de Albia

Había dudas entre mis amigos bilbaino-gaditanos a la hora de elegir un paraje natural urbano de la ciudad. El Parque de Dña Casilda es mucho parque y tiene una gran tradición entre los «botxeros». Pero finalmente me inclino por traer a estas páginas los Jardines de Albia, que tan bien conozco por su cercanía al Café Iruña y sus recuerdos andaluces en sus rincones.  Y porque, además de ser un lugar encantador y sereno, un remanso de paz en la dinámica y bulliciosa ciudad, el jardín cuenta con bonitos senderos y rincones muy especiales.

Los jardines de Albia, cuya fecha de construcción se remonta a 1890,  tienen un aire fantasmagórico y romántico, en el primer caso debido quizás a la imponente masa vegetal y a sus altísimos árboles, que alcanzan la altura de muchos de los bellos edificios residenciales del siglo XIX que circundan la plaza. De otra parte, su diseño romántico, de inspiración inglesa, le confiere un aire muy apacible y misterioso; sus canteros repletos de flores; sus recias estatuas, entre las que destaca la del escritor  Antonio Trueba realizada por Mariano Benlliure, cuyo pedestal es obra de Severiano Achúcarro,y  a quien encontramos también en el edificio de la Estación de La Concordia; su coqueto estanque, cuya boca de fuente representa un ánfora que sostiene una figura femenina; la presencia imponente de la iglesia de San Vicente; todo ello tiene un carácter armónico y evocador que nos traslada a los domingos de romería de los montañeros de Abando, en aquella pequeña elevación situada en los altos de Larraskitu.

 

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Historia y tradición: la plaza de Unamuno y las calzadas de Mallona

La plaza de Unamuno y las calzadas de Mallona constituyen uno de los lugares más singulares de Bilbao. A la larga historia y tradición que conserva el lugar se une un ambiente popular y vitalista, lugar de concentración juvenil en determinadas horas de la semana, así como la presencia vigilante de quien tengo por el más insigne bilbaíno de la escritura y el pensamiento: Don Miguel de Unamuno, el cual es, en mi inconsciente, a Bilbao lo que Baroja a Donosti. Acerca de mi amor por este último os he contado en varias ocasiones. Con Unamuno conservo una mayor distancia, la que lleva del vitalismo nietzscheano de Baroja al “Sentimiento trágico de la vida” del segundo. A ambos los devoré en mi juventud en la excelente colección Austral.

En 1874 Bilbao sufrió el sitio de los carlistas durante la segunda guerra civil y tuvo en el asedio a la villa, defendida por tropas liberales, un episodio histórico. El 2 de mayo de ese año fue levantado el cerco, que duró 125 días, gracias a las tropas liberales mandadas por los generales Concha y Castillo. Pero ese cerco fue defendido con ardor por los llamados “Auxiliares”, milicias ciudadanas voluntarias compuestas por hombres entre 18 y 60 años de edad. Miguel de Unamuno describió estos episodios en su gran libro “Paz en la guerra”. Todos los años por esa fecha, se celebra una procesión cívica que arranca desde la plaza de Unamuno y asciende por las escaleras hasta el monumento y mausoleo a los Auxiliares, en el antiguo cementerio de Mallona, un homenaje al espíritu liberal de Bilbao. Espero que dure muchos años.

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La pequeña joya: el kiosko del Arenal

El Teatro Arriaga y el Kiosko de Ispizua forman parte de un curioso entorno llamado el Arenal, antigua zona de arenas y entrante de agua que daban forma a una playa interior, un varadero de embarcaciones y asiento de astilleros. Con los años se procedió a su urbanización y en el siglo XIX se organizó toda la zona con jardines, fuentes y estanques, hasta convertirse en símbolo de Bilbao y fachada principal del Casco Viejo.

En este bello entorno urbano quiero destacar una pequeña joya que, aunque de formas contrapuestas, me trae a la memoria esa otra delicia del boulevard donostiarra. El kiosko circular de música del arquitecto de Bermeo Pedro Ispizua, a quien encontramos también proyectando el Mercado de la Ribera y los Jardines de Albia; construido en 1928, cuenta con una preciosa cubierta volada, unas bonitas  vidrieras y unas esculturas de Joaquín Lucarini que lo rematan en su parte superior . El conjunto, de un estilo Art Nouveau tardío, emana un gran expresionismo, sirve de marco de audición de la Banda Municipal de Bilbao y dispone en su interior de un interesante café-bar.

No muy lejos del mismo, nos encontramos con uno de los buques insignia de la actividad artística de la ciudad: el teatro Arriga, edificio neo-barroco de finales del siglo XIX, obra de Joaquín de Rucoba y dedicado al “Mozart español”, el bilbaíno Crisóstomo de Arriaga. Tanto la fachada como la escalera interior o las pinturas alegóricas del techo son una maravilla. Es sede habitual de una buena temporada de ópera, que alterna con el ballet, el teatro o los conciertos.

 

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Días de vino y arte: la Alhóndiga

La Alhóndiga es una de las grandes atracciones de la ciudad. La conversión de un precioso almacén de vino, un edificio de estilo modernista diseñado por el arquitecto bilbaíno Ricardo Bastida a comienzos del siglo XX, y declarado “Bien de interés cultural” en 1999, en un espacio cultural, artístico y de ocio de gran impacto social, ha sido todo un acontecimiento para la ciudad. Fue inaugurado en 2010 según un innovador proyecto de Philippe Starck en el que se combina el clasicismo de las fachadas originales, con una propuesta interior sobria pero innovadora, y en la que destaca el original diseño de las 43 columnas que soportan interiormente el edificio y le dotan de un simbolismo muy original; un recorrido por la diversidad cultural y geográfica del mundo, sin un orden establecido, sin un guión determinado.

“Tras las columnas se esconde, se enamora, se besa…Tras las columnas se espía, se mata, nace una cita…”. P.S.

Se trata de una iniciativa que simboliza a la perfección el cambio de siglo en Bilbao, el salto del modernismo y la revolución industrial a la pos-modernidad y la arquitectura de vanguardia del siglo XXI, una combinación que resulta increíblemente armónica en este caso.

 

Un último detalle: la Fuente del Perro

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En pleno casco antiguo de la ciudad nos encontramos con una preciosidad con mucha historia: la Fuente del Perro, situada en la calle del mismo nombre. Utilizada originariamente para limpiar los animales del Mercado, hacia 1800 fue remodelada con la colocación de tres  caños con forma de cabeza de león;  su confusión con las de un perro dio nombre al pequeño monumento tan querido por los del «botxo».

La fuente fue diseñada por Juan Bautista de Orueta y Miguel de Maruri  en estilo neoclásico, y consta de una arquería de tres paneles rematados con un sencillo frontón. Tiene algunos elementos decorativos de influencia egipcia. Antiguamente era conocida como Chorros de San Miguel.

Para los amantes de la gastronomía, os invito a acercaros hasta el cercano bar restaurante Río Oja a degustar uno de sus espléndidos platos de bacalao en sus distintas variedades.

Ya lo veis, si realizáis una escapada hasta Bilbao podréis encontrar estas joyas del pasado perfectamente ensambladas en esta nueva ciudad que renace de sus humos y cenizas «entre titanios y fosteritos».

Texto e imágenes: Antxón Urrestarazu.

Imagen del funicular de Artxanda: Archivo fotográfico del Funicular

Imagen del Mercado de la Ribera: EITB

Obra bajo licencia Creative Commons.